Uno podría decir que uno es la partición mínima y que, con menos de uno, no hay unidad posible. Pero no hay que ser Mark Fisher para darnos cuenta de que “uno” se ha transformado en la unidad inalcanzable que olvidó hace tiempo toda aspiración a hacer de eso que se llama “individuo” el centro operativo de la vida social, mental y espiritual. En la práctica, somos más bien fragmentos, esquirlas o pedazos que se acomodan provisionalmente al cumplimiento de ciertas funciones que parecen sostener los procedimientos de eso que se llama “vida” en el seno del modelo económico imperante. Así, más que “cuerpos sin órganos”, lisos, vibrátiles e indivisibles, parecemos más bien órganos sin cuerpo, cuyo trabajo es explotado por terceros para permitir el funcionamiento global de la espiral extractiva. El trabajo contemporáneo, entonces, consiste primordialmente en la tercerización de procedimientos y funciones que satisfacen la necesidad de circulación de tendencias y narrativas que sostienen el acaparamiento de capital y que, a la vez, impiden la formación de cuerpos a través del control y la administración de los órganos que le son instrumentales. No es en vano que las categorías que señalaban la integridad del cuerpo en el trabajo (campesinos, obreros) hayan sido reemplazadas por la idea de “mano de obra”, siempre barata y siempre separada del cuerpo holístico que sostenía la idea de persona como ente capaz del ejercicio dialéctico.
