Esviel Jeffers
Jueves 9 de julio al 22 de agosto
Esviel Jeffers Durruthy (Guantánamo, Cuba, 1971). Reside y trabaja en Panamá. Su obra continúa la tradición cubana de combinar el arte pop con el arte conceptual, a la vez que rinde homenaje a la cultura popular panameña.
Emigrar es estar en otro lugar mil veces distinto y mil veces el mismo, decía el poeta libanés George Shehade. Y también lo pudo haber dicho Esviel Jeffers Durruthy, el reputado artista de origen cubano que reside y trabaja en Panamá. Llegó hace un cuarto de siglo como invitado a participar en ciudadMÚLTIPLEcity, el gran proyecto de arte urbano internacional que se realizó con ocasión del centenario de la República de Panamá, bajo la curaduría de Adrienne Samos y Gerardo Mosquera.
Mañana volveré a otro lugar —la presente exposición en Arteconsult— es un canto al éxodo y su metáfora. El título evoca los versos de una conga que el artista escuchaba y bailaba cuando era un niño en Guantánamo, antes de mudarse a la remota Isla de la Juventud: su primer viaje. Y es que Esviel Jeffers es guantanamero.
Los versos son también una metáfora de la migración. Como en la conga, se conquista el presente y la adversidad bailando para adelante, con una patadita. Como dicen en Cuba: “Para atrás, ni para coger impulso”.
Esta muestra continúa la tradición cubana de combinar el arte pop y el conceptual, presentando obras de distintos géneros, estilos y materiales. También es un homenaje a la complejidad, a la belleza y a la dureza de la vida y la cultura popular en la periferia—sobre todo en Pacora, su “ciudad” adoptiva—. Allí ha construido su casa y vive con su esposa, Keren, una brillante y hermosa istmeña, y sus dos hijas, Deyanira y Thays, quienes heredaron la perspicacia panameña y los sueños cubanos.
La curaduría ha sumergido la galería en un azul ultramar, como el del malecón de La Habana. También ha recreado las paredes del estudio del artista, imaginando sus obras tanto en la isla como en su hogar pacoreño. Son muros marcados con grafitis que relatan sus recuerdos, juegos, despedidas, esperanzas, amistades, frustraciones y alegrías en el hogar perdido, el cubano, y en el nuevo, el panameño.
La obra Cripsis (vocablo que define la capacidad de ciertos organismos para adaptarse y pasar inadvertido) es una serie de tres dibujos en gran formato con algunas de sus famosas máquinas móviles, imposibles y utópicas, que se inspiran en las historias del exilio cubano —el forzado y el soñado— y están dibujadas sobre telas con diseños de ramas y hojas, muy usados en la tapicería popular.
Cimarrón es una reluciente y ligera escultura de hierro que representa a un hombre alado. Un Ícaro antes del vuelo. La obra va armada pieza a pieza, como un lego, afición de la infancia del artista. Alfabeto es una serie pictórica y gráfica de pequeñas dimensiones, con doce signos misteriosos. Piezas sin título. Piezas paradójicas. Letras de un abecedario cromático, sincrético y personal, que solo el artista sabe usar.
El descanso, la escultura de mayor tamaño en la muestra, es una especie de colchón azul eléctrico de cuero recortado, que recuerda a la típica silueta humana de las tenebrosas ilustraciones inglesas de los barcos negreros del siglo XVIII. En las paredes destacan quince corazones rotos en cerámica, de un rojo intenso, que nos recuerdan tanto al corazón de Jesús como a los emoticones que enviamos por chat después de un desengaño. Un corazón partido.
Y, por último, el comienzo: la pieza que cuelga en la vitrina de la galería y nos da la bienvenida es un cintillo electrónico con el verso de la conga cubana que da nombre a la exposición. Una obra conceptual, sensual y textual, sin título. Escuchamos la música y la letra al sentir la cadencia del viaje y la nostalgia: “Mañana volveré a otro lugar”. Y ese lugar es Panamá.
Humberto Vélez
Curador