¿Uno puede alzarse a si mismo? A partir de esta pregunta Nicolas Gómez inicia una serie de ejercicios y reflexiones sobre el cuerpo, el propio, el de los otros. Imágenes veladas al centro de la nada que se giran, brazos y piernas extendidas indicando el peso y movimiento de un cuerpo, que no sabe si va en caída libre, si se lanza, si se alza o si permanece inmóvil. La acuarela negra devela donde la pincelada se vela y también se chorrea “dominando la situación y al mismo tiempo abriéndose al accidente”.
Alusión a las pinturas rupestres o a representaciones arcaicas de malabaristas y acróbatas, todas parecieran remitir al deseo de una especie de regreso al Edén. Algunos caen, otros huyen y otros seres acéfalos se desdoblan. No definir el rostro, no definir el sexo, no definir si son uno, si son dos, si son cuantos. Entonces los espectadores de estos dibujos, asistimos a una función que indica que hay que moverse como una suerte de absurdo, porque eso nos indica que estamos vivos.
A lo largo de su trabajo, la producción plástica de Nicolás Gómez se ha asentado en una profunda reflexión sobre el paisaje y la materialidad, por ello no es azarosa su discusión aquí sobre el cuerpo que también deviene paisaje.
¿Uno puede alzarse a si mismo? A partir de esta pregunta Nicolas Gómez inicia una serie de ejercicios y reflexiones sobre el cuerpo, el propio, el de los otros. Imágenes veladas al centro de la nada que se giran, brazos y piernas extendidas indicando el peso y movimiento de un cuerpo, que no sabe si va en caída libre, si se lanza, si se alza o si permanece inmóvil. La acuarela negra devela donde la pincelada se vela y también se chorrea “dominando la situación y al mismo tiempo abriéndose al accidente”.
Alusión a las pinturas rupestres o a representaciones arcaicas de malabaristas y acróbatas, todas parecieran remitir al deseo de una especie de regreso al Edén. Algunos caen, otros huyen y otros seres acéfalos se desdoblan. No definir el rostro, no definir el sexo, no definir si son uno, si son dos, si son cuantos. Entonces los espectadores de estos dibujos, asistimos a una función que indica que hay que moverse como una suerte de absurdo, porque eso nos indica que estamos vivos.
A lo largo de su trabajo, la producción plástica de Nicolás Gómez se ha asentado en una profunda reflexión sobre el paisaje y la materialidad, por ello no es azarosa su discusión aquí sobre el cuerpo que también deviene paisaje.