En la década de los años 70, el país atravesó por varias situaciones y controversias políticas que tuvieron lugar en un contexto de gran inestabilidad social. Esto dio paso a que algunos sectores de la sociedad perdieran toda credibilidad de representación y el surgimiento del movimiento 19 de abril (M-19) tomó lugar.
Este movimiento fue una iniciativa insurgente que acabaría transformando el panorama social, político e ideológico del país, pues, además de su alzamiento en armas, y desde sus ideales, daba forma a actos cargados de una potencia simbólica sin precedentes en el escenario público. El juego de la manipulación de elementos propios de la historia nacional, como sucedió con el robo de la espada de Bolívar, así como el uso de imágenes publicitarias en medios impresos de la época, pretendió dar inicialmente un giro en la actitud subversiva hasta ese entonces, dando lugar a una especie de “violencia simbólica”.
A la par de esta situación, artistas como Antonio Caro empezaron a surgir en la escena artística local, dándose a conocer por sus controvertidas obras que de alguna manera ejemplificaban lo que acontecía en ese momento. Caro, tomando el arte conceptual como punto de partida, “secuestra” símbolos para luego apropiarse de ellos y ponerlos nuevamente a circular en la esfera pública. La imagen publicitaria, elementos provenientes de la cultura de masas, el imaginario colectivo y algunos símbolos nacionales tomaron una parte fundamental de su proceso artístico, lo que le valió el ser descrito posteriormente como una suerte de “guerrillero semiótico”.
En “Colombia” de 1977 el uso de la tipografía de la famosa compañía de gaseosas norteamericana adaptada a la palabra COLOMBIA, daba una idea de la noción que del país se tenía a partir de las políticas internacionales que empezaron a adaptarse localmente sin oposición alguna. La idea de la representación nacional volvía a aparecer aquí desde un concepto muy claro: el de la propaganda y la cultura norteamericana, dejando totalmente de lado una noción tanto política como identitaria propia del país. Tal propuesta hizo eco de una subversión visual que caracterizó a la corriente artística de la década y contribuyó a la discusión de dicha representación en un marco de tensión política bajo el cual, la actitud del estado colombiano ha permanecido ambivalente desde entonces.
Cristian García
