‘A las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa’ es una máxima básica de la crianza tradicional mediante la cual se les enseña a los hombres el tipo de relación que deben establecer con el cuerpo femenino. Aunque la relación entre la sociedad y el cuerpo femenino se ha transformado en el tiempo, este siempre ha sido considerado como un tema tabú, razón por la cual ha sido relegado a un lugar sobre el que se aplica una constante censura. Un efecto de esta es que le permite a la sociedad asumir de forma hipócrita el contenido de frases como la mencionada. En un plano como el sexual, dicha censura le permite a la sociedad aplicar un doble rasero frente al acto de tocar el cuerpo femenino: tolera, por un lado, que el hombre toque el cuerpo de la mujer sin considerarlo un acto violento y, por el otro, castiga que la mujer toque su propio cuerpo por considerarlo un acto inmoral. Pues bien, en esta fotografía, Navarro parte de esta contradicción. La obra es una continuación del trabajo que empezaría la artista en 1981 cuando usó sus manos coloreadas de rosa para decir su nombre en lengua de señas, una imagen en la que la mano actuaba como dispositivo que conectaba la identidad de la artista con el lenguaje. En esta nueva exploración la mano asume su rol como dispositivo del tacto para conectar dicha identidad con el cuerpo. Navarro presenta su cuerpo semidesnudo desde distintos ángulos y nos permite observar una serie de huellas rosas en distintos lugares de este, registros de alguien que tocó su cuerpo con las manos pintadas de este color. Haciendo uso de la conexión entre el rosa de su nombre y el color rosa de la pintura, la artista nos revela que las huellas sobre su cuerpo son las suyas propias y, en este sentido, nos aclara que el contacto con su cuerpo no está mediado necesariamente por las manos de otra persona. Navarro responde de esta manera a la máxima de crianza diciéndonos que su cuerpo sí puede ser tocado, no por el pétalo de una rosa, pero sí por otro tipo de Rosa: ella misma. Así, asume su corporalidad como un lugar por explorar y en el que le es posible encontrarse a ella misma en su cuerpo, convirtiéndolo de esta manera en una bitácora en donde las huellas son rastros de todo aquello que atraviesa su experiencia vital: afectos, violencias, silencios, deseos, etc.
‘A las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa’ es una máxima básica de la crianza tradicional mediante la cual se les enseña a los hombres el tipo de relación que deben establecer con el cuerpo femenino. Aunque la relación entre la sociedad y el cuerpo femenino se ha transformado en el tiempo, este siempre ha sido considerado como un tema tabú, razón por la cual ha sido relegado a un lugar sobre el que se aplica una constante censura. Un efecto de esta es que le permite a la sociedad asumir de forma hipócrita el contenido de frases como la mencionada. En un plano como el sexual, dicha censura le permite a la sociedad aplicar un doble rasero frente al acto de tocar el cuerpo femenino: tolera, por un lado, que el hombre toque el cuerpo de la mujer sin considerarlo un acto violento y, por el otro, castiga que la mujer toque su propio cuerpo por considerarlo un acto inmoral. Pues bien, en esta fotografía, Navarro parte de esta contradicción. La obra es una continuación del trabajo que empezaría la artista en 1981 cuando usó sus manos coloreadas de rosa para decir su nombre en lengua de señas, una imagen en la que la mano actuaba como dispositivo que conectaba la identidad de la artista con el lenguaje. En esta nueva exploración la mano asume su rol como dispositivo del tacto para conectar dicha identidad con el cuerpo. Navarro presenta su cuerpo semidesnudo desde distintos ángulos y nos permite observar una serie de huellas rosas en distintos lugares de este, registros de alguien que tocó su cuerpo con las manos pintadas de este color. Haciendo uso de la conexión entre el rosa de su nombre y el color rosa de la pintura, la artista nos revela que las huellas sobre su cuerpo son las suyas propias y, en este sentido, nos aclara que el contacto con su cuerpo no está mediado necesariamente por las manos de otra persona. Navarro responde de esta manera a la máxima de crianza diciéndonos que su cuerpo sí puede ser tocado, no por el pétalo de una rosa, pero sí por otro tipo de Rosa: ella misma. Así, asume su corporalidad como un lugar por explorar y en el que le es posible encontrarse a ella misma en su cuerpo, convirtiéndolo de esta manera en una bitácora en donde las huellas son rastros de todo aquello que atraviesa su experiencia vital: afectos, violencias, silencios, deseos, etc.