Estas dos obras pueden ser leídas de múltiples formas: por un lado, podrían considerarse retratos “ingenuos” de imágenes que llegan de alguna manera a la cotidianidad de María Villa. Una lectura que en todo caso es diciente del tipo de escenas presentes en la Medellín de la época: un cuadro típico de crianza y juego entre una madre y su hijo en el caso de la primera pintura, pero también la reproducción de la obra Niña joven leyendo del pintor rococó francés Jean Honoré Fragonard, pintada cerca al año de 1769, y de la cual no tenemos forma de saber ni cómo ni dónde llega a los ojos de la artista para ser retratada. En este sentido, la presencia de esta última dentro de su repertorio nos obliga a preguntarnos por la manera mediante la cual una ciudad como Medellín empieza a insertarse, en medio de la segunda mitad del siglo XX, dentro de la globalización. Un fenómeno que conlleva un consumo insospechado de imágenes generadas en los países de primer mundo, en este caso, grandes obras del arte occidental. Sin embargo, una segunda lectura implicaría partir de la historia de vida de María Villa, una historia nada fácil. Dicha dificultad estaría determinada en gran medida por lo esquiva que le resultaría una familia en el sentido tradicional de la palabra y al hecho de no recibir formalmente educación de ningún tipo. Frente al tema de la familia, la artista tendría que descubrir a lo largo de su vida que ella estaba destinada a otro tipo de modelo y vida familiar: careció de una figura paterna, contó con una figura materna de carácter fuerte y severo, y conformó un matrimonio atípico que, aunque le ofreció grandes satisfacciones personales, no le permitió ser madre -rol decisivo para las mujeres dentro de la estructura social de la época-. Por su parte, frente al tema de la educación, María reconoce en esta una oportunidad para conocer el mundo, un interés que es palpable en ella y al que nunca renunciaría a lo largo de su vida. En este sentido, desde esta aproximación, estas pinturas pueden entenderse como los retratos de dichas “carencias” en la vida de la artista: la maternidad y la educación. Esta lectura sin embargo obliga a no entender la palabra carencia como una fuente de complejo o de nostalgia. Por el contrario, el encanto de esta artista reside precisamente en su capacidad para celebrar aquello que retrata a través del color y la elección de sus temas. Ello se desprende de una de las características más visibles de su personalidad: la generosidad. En ese sentido, María encuentra un deleite y satisfacción personal en el hecho de poder pintar esas escenas, sin siquiera despreciarlas por un momento por el hecho de que lo observado hiciera parte o no de su vida. Para ella que una imagen le fuera dada a sus ojos o a su imaginación para retratarla era un ejercicio de amor de la naturaleza al que ella se entregaba dichosamente.
