El trabajo de Lamassonne está fuertemente relacionado con la sexualidad y el voyerismo. En este caso, aunque la obra no parece tener un contenido abiertamente sexual, sí explora otros significados de voyerismo. Particularmente, mediante esta acuarela, la artista nos acerca a esta práctica entendida, no como el acto estrechamente ligado con la excitación sexual a partir de la observación, sino como una forma de observar en la que prima el deseo de ver sin ser visto, una mirada indiscreta que pasa inadvertida. Gracias al detalle de las piernas que emanan de la parte inferior de la pintura, Lamassonne nos ubica en su propio cuerpo llevándonos a asumir, sin proponérnoslo, una posición de voyeurs frente a la escena: nuestra mirada sobre la imagen es una prolongación de la mirada misma de la artista y, en sentido contrario, el cuerpo de la artista es una prolongación de nosotros mismos. A partir de esta otra forma de voyerismo, Lamassonne nos propone en esta pieza la observación, a través de una claraboya, de una habitación en la que vemos a alguien leyendo un cómic sobre algún tipo de colchón o litera. La identidad de ese alguien es un asunto fundamental ya que, aunque sus rasgos andróginos no nos permiten saber con certeza si estamos viendo a un niño o a una niña, su complexión nos sugiere que está ad portas de la pubertad, momento de transición entre la infancia y la adultez. Esto es importante teniendo en cuenta que, en una época en donde su obra era bastante autobiográfica y autorreferencial, Lamassonne podría estarse retratando a ella misma de forma ambigua. Lo anterior con el fin de que nosotros, observadores indiscretos de esta persona, presenciemos a una artista que en el escenario de la intimidad -su predilecto- está descubriendo su identidad misma. Al margen de lo anterior, es importante tener en cuenta que esta no es la única obra en la que ha retratado niños desnudos o semidesnudos dentro de espacios domésticos. Por ejemplo, Lamassonne también ha pintado a infantes mientras duermen en el piso o juegan encaramados en sillas, obras que permiten hacer un contrapeso al contenido de sus otros trabajos ya que ofrecen una relación entre desnudez e intimidad ajena a la expresión del deseo sexual. De esta manera, la artista reafirma el valor de la intimidad como un espacio seguro en el que la identidad individual y el reconocimiento del cuerpo propio también se construyen desde la inocencia, la ternura y la vulnerabilidad.
El trabajo de Lamassonne está fuertemente relacionado con la sexualidad y el voyerismo. En este caso, aunque la obra no parece tener un contenido abiertamente sexual, sí explora otros significados de voyerismo. Particularmente, mediante esta acuarela, la artista nos acerca a esta práctica entendida, no como el acto estrechamente ligado con la excitación sexual a partir de la observación, sino como una forma de observar en la que prima el deseo de ver sin ser visto, una mirada indiscreta que pasa inadvertida. Gracias al detalle de las piernas que emanan de la parte inferior de la pintura, Lamassonne nos ubica en su propio cuerpo llevándonos a asumir, sin proponérnoslo, una posición de voyeurs frente a la escena: nuestra mirada sobre la imagen es una prolongación de la mirada misma de la artista y, en sentido contrario, el cuerpo de la artista es una prolongación de nosotros mismos. A partir de esta otra forma de voyerismo, Lamassonne nos propone en esta pieza la observación, a través de una claraboya, de una habitación en la que vemos a alguien leyendo un cómic sobre algún tipo de colchón o litera. La identidad de ese alguien es un asunto fundamental ya que, aunque sus rasgos andróginos no nos permiten saber con certeza si estamos viendo a un niño o a una niña, su complexión nos sugiere que está ad portas de la pubertad, momento de transición entre la infancia y la adultez. Esto es importante teniendo en cuenta que, en una época en donde su obra era bastante autobiográfica y autorreferencial, Lamassonne podría estarse retratando a ella misma de forma ambigua. Lo anterior con el fin de que nosotros, observadores indiscretos de esta persona, presenciemos a una artista que en el escenario de la intimidad -su predilecto- está descubriendo su identidad misma. Al margen de lo anterior, es importante tener en cuenta que esta no es la única obra en la que ha retratado niños desnudos o semidesnudos dentro de espacios domésticos. Por ejemplo, Lamassonne también ha pintado a infantes mientras duermen en el piso o juegan encaramados en sillas, obras que permiten hacer un contrapeso al contenido de sus otros trabajos ya que ofrecen una relación entre desnudez e intimidad ajena a la expresión del deseo sexual. De esta manera, la artista reafirma el valor de la intimidad como un espacio seguro en el que la identidad individual y el reconocimiento del cuerpo propio también se construyen desde la inocencia, la ternura y la vulnerabilidad.