En la Medellín de los años 80 los artistas ya habían explorado lugares como los prostíbulos y las personas que los concurrían. ¿Qué hace diferente a Flor María Bouhot y su serie Los amantes? Que era mujer. Flor María entra a plasmar cuerpos desnudos desde una visión completamente distinta, desde una visión contestaría, íntima y vibrante. La política sexual se ve trastocada, la fuente de goce ya no es solo la mujer, sino que lo son también los hombres y las relaciones homosexuales. El hombre ya no ocupa exclusivamente la posición dominante, sino que también se entrega al deseo; la mujer ya no está solo para ser mirada y gozada, sino para convertirse en un sujeto deseante. Todo lo anterior, lo logra a través de una composición en primer plano y pintando, en el fondo, papeles de colgaduras llenos de símbolos que brindan un entorno lleno de sensualidad e intimidad. Asimismo, por medio del uso de colores primarios reverbera los sentidos del espectador al crear pieles vibrantes con tonos dinámicos.
Este cuadro hace parte de Los amantes, serie empezada por Bouhot en 1984 aproximadamente y en la que retrata a parejas en medio de situaciones eróticas y/o sexuales. La obra es una oda a la naturaleza, significado que se hace visible gracias a los tres elementos que la componen. El primero es el fondo de la escena: una referencia a la forma como eran decoradas las paredes de los lugares del centro de Medellín que ella frecuentaba en donde usaban tapices y papeles de colgadura que asemejan motivos orientalistas o el estilo medieval del millefleur. Sin embargo, Bouhot no trae esta referencia solamente con un fin compositivo. En este caso en particular, podemos observar a un par de carneros enfrentados en torno a un árbol, representación iconográfica clásica del árbol de la vida en las culturas del Antiguo Oriente Próximo. Este símbolo es usado de forma común en diferentes religiones para representar la fuerza vital y creadora de la naturaleza. Un segundo elemento es la pareja protagonista de la obra, la cual se encuentra en el clímax del acto sexual. En este caso Bouhot reitera, como en los demás cuadros de la serie, su entendimiento del sexo como un acto derivado del afecto, el deseo y la atracción carnal inherentes a la naturaleza humana. El color azul del hombre al que alude el título es un guiño humorístico que puede referirse, por un lado, a la palidez propia de la muerte, manifestación física del nivel de excitación expresada en la cópula; o por el otro, puede entenderse como una señal de vergüenza derivada del no poder satisfacer sexualmente a la otra persona. Cualquiera de los dos escenarios le sirve a la artista tanto para desidealizar el rol masculino dentro del acto sexual, así como para poner a la mujer en una posición de poder en medio de esta situación al concederle un rol activo dentro del ejercicio de su sexualidad. Finalmente, el último elemento es la colcha sobre la que reposan los amantes la cual se inspira, de acuerdo con Bouhot, en formas de arte textil de comunidades indígenas como las molas kunas o el arte huichol. En estas, dichas comunidades recogen y transmiten tanto su cosmogonía como su cotidianidad a través de figuras de plantas, animales y seres mitológicos hechos con un sistema de patrones basado en líneas y otras formas geométricas.
