Villa Tina ofrece una escena macabra. En ella se observa un grupo de figuras humanas dispuestas en torno a las faldas de una montaña de tierra roja, la cual se encuentra enmarcada por una serie de casas y árboles. Toda esta escena es presenciada por la única persona reconocible del cuadro quien, de rodillas y de cara al espectador, hace un gesto indistinguible entre el terror y el dolor mientras cubre su rostro con las manos ante su incapacidad para observar este paisaje. Tanto la disposición como la forma de las figuras generan la ilusión de que estas se encuentran en un tipo de trance ejecutando una suerte de danza ritual, embrujo que se desprende de la montaña y del solitario árbol que la corona y que no conduce a un lugar distinto a la muerte. En otras palabras, la pintura advierte al espectador que en ese lugar están presentes la tragedia y el horror. Esta interpretación tan sombría de la obra no es caprichosa ya que la pintura puede considerarse como el registro hecho por Gilmour del Deslizamiento de Villatina, ocurrido en 1987 en este barrio del oriente de Medellín, el cual fue parcialmente sepultado por un derrumbe de las laderas del Cerro Pan de Azúcar dejando un saldo de más de 500 personas muertas, 200 desaparecidas y 2.400 damnificadas. La dimensión de la tragedia fue tal, que la zona fue declarada camposanto ante la imposibilidad de recuperar los cuerpos sepultados por el derrumbe. Sin embargo, la obra también puede leerse como un presagio de otros hechos trágicos que ocurrirían en esta y otras zonas de Medellín marcadas por la violencia, pobreza y desidia estatal; tales como la Masacre de Villatina ocurrida en 1992, cuatro años después de pintada la obra. En estos hechos, miembros de la Policía Nacional asesinaron a un joven y a ocho menores de edad en este mismo barrio, caso en el que el Estado colombiano aceptó su responsabilidad ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Villa Tina ofrece una escena macabra. En ella se observa un grupo de figuras humanas dispuestas en torno a las faldas de una montaña de tierra roja, la cual se encuentra enmarcada por una serie de casas y árboles. Toda esta escena es presenciada por la única persona reconocible del cuadro quien, de rodillas y de cara al espectador, hace un gesto indistinguible entre el terror y el dolor mientras cubre su rostro con las manos ante su incapacidad para observar este paisaje. Tanto la disposición como la forma de las figuras generan la ilusión de que estas se encuentran en un tipo de trance ejecutando una suerte de danza ritual, embrujo que se desprende de la montaña y del solitario árbol que la corona y que no conduce a un lugar distinto a la muerte. En otras palabras, la pintura advierte al espectador que en ese lugar están presentes la tragedia y el horror. Esta interpretación tan sombría de la obra no es caprichosa ya que la pintura puede considerarse como el registro hecho por Gilmour del Deslizamiento de Villatina, ocurrido en 1987 en este barrio del oriente de Medellín, el cual fue parcialmente sepultado por un derrumbe de las laderas del Cerro Pan de Azúcar dejando un saldo de más de 500 personas muertas, 200 desaparecidas y 2.400 damnificadas. La dimensión de la tragedia fue tal, que la zona fue declarada camposanto ante la imposibilidad de recuperar los cuerpos sepultados por el derrumbe. Sin embargo, la obra también puede leerse como un presagio de otros hechos trágicos que ocurrirían en esta y otras zonas de Medellín marcadas por la violencia, pobreza y desidia estatal; tales como la Masacre de Villatina ocurrida en 1992, cuatro años después de pintada la obra. En estos hechos, miembros de la Policía Nacional asesinaron a un joven y a ocho menores de edad en este mismo barrio, caso en el que el Estado colombiano aceptó su responsabilidad ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.