Esta obra hace parte de Eróticos, una de las primeras series de Lamassonne, consistente en retratos individuales de mujeres desnudas en las que la artista juega con la perspectiva y la posición de sus cuerpos dentro de las piezas. Lamassonne revela su intención de darle a los cuerpos femeninos retratados el lugar central dentro de la composición de dos maneras: por un lado, ubicándolos en espacios etéreos tales como planos vacíos rematados con lo que parecen ser cadenas montañosas. Dichas montañas podrían entenderse como un símbolo de una geografía de la corporalidad a la que Lamassonne quiere aludir desde la exploración personal del cuerpo propio en la intimidad, un espacio que permite reconocer y activar sus formas. La otra manera es mediante un juego hecho por la artista con las proporciones en el que hace a los cuerpos descomunalmente grandes para el tamaño de los escenarios en los que los sitúa. Esto plantea su deseo por pensar el cuerpo femenino como una entidad incontenible, una fuerza que desborda descomunalmente los espacios y cuya presencia resulta ineludible e inevitable. Es importante señalar que estas obras nacen en medio de un momento vital importante para Lamassonne ya que se producen entre su regreso a Colombia, luego de haber terminado el colegio en Estados Unidos, y su viaje a París en 1978, ciudad en la que empezaría una vida de pareja al lado del cineasta Luis Ospina. Así, la producción de esta serie coincide con el momento en el que Lamassonne se vuelve una adulta joven y decide irse a vivir sola en Bogotá, circunstancia que le permitiría encontrar, gracias a la libertad que otorga el espacio propio, la oportunidad para explorar el cuerpo y la intimidad. Al respecto señalaría: “Pienso que la intimidad es el mejor punto de referencia que puedes tener en la vida, con tus amigos y contigo misma. Cuando me fui de mi casa en Bogotá me propuse vivir de mi trabajo. Comencé entonces a usar la pintura como canal para expresar todo lo que llevaba por dentro, incluyendo mi ser sexual. (…) No era común que una mujer soltera viviera sola, así que el acto de pintarme en mi entorno íntimo me daba seguridad. (…) Muy adentro, en lo profundo, intuía que mi desnudez era mi fuerza. Yo creía en mi poder femenino. Desde entonces mi trabajo ha estado anclado a mi interioridad”.
Esta obra hace parte de Eróticos, una de las primeras series de Lamassonne, consistente en retratos individuales de mujeres desnudas en las que la artista juega con la perspectiva y la posición de sus cuerpos dentro de las piezas. Lamassonne revela su intención de darle a los cuerpos femeninos retratados el lugar central dentro de la composición de dos maneras: por un lado, ubicándolos en espacios etéreos tales como planos vacíos rematados con lo que parecen ser cadenas montañosas. Dichas montañas podrían entenderse como un símbolo de una geografía de la corporalidad a la que Lamassonne quiere aludir desde la exploración personal del cuerpo propio en la intimidad, un espacio que permite reconocer y activar sus formas. La otra manera es mediante un juego hecho por la artista con las proporciones en el que hace a los cuerpos descomunalmente grandes para el tamaño de los escenarios en los que los sitúa. Esto plantea su deseo por pensar el cuerpo femenino como una entidad incontenible, una fuerza que desborda descomunalmente los espacios y cuya presencia resulta ineludible e inevitable. Es importante señalar que estas obras nacen en medio de un momento vital importante para Lamassonne ya que se producen entre su regreso a Colombia, luego de haber terminado el colegio en Estados Unidos, y su viaje a París en 1978, ciudad en la que empezaría una vida de pareja al lado del cineasta Luis Ospina. Así, la producción de esta serie coincide con el momento en el que Lamassonne se vuelve una adulta joven y decide irse a vivir sola en Bogotá, circunstancia que le permitiría encontrar, gracias a la libertad que otorga el espacio propio, la oportunidad para explorar el cuerpo y la intimidad. Al respecto señalaría: “Pienso que la intimidad es el mejor punto de referencia que puedes tener en la vida, con tus amigos y contigo misma. Cuando me fui de mi casa en Bogotá me propuse vivir de mi trabajo. Comencé entonces a usar la pintura como canal para expresar todo lo que llevaba por dentro, incluyendo mi ser sexual. (…) No era común que una mujer soltera viviera sola, así que el acto de pintarme en mi entorno íntimo me daba seguridad. (…) Muy adentro, en lo profundo, intuía que mi desnudez era mi fuerza. Yo creía en mi poder femenino. Desde entonces mi trabajo ha estado anclado a mi interioridad”.