En 2012 estaba en medio de la producción de obra para una individual en el Abrons Arts Center de la Ciudad de Nueva York. Investigaba las relaciones entre lo doméstico y la domesticación y se me atravesaron una serie de memorias producto de un trabajo de psicoanálisis.
Sin tener intención de llevar tanto la investigación como los indicios terapéuticos hacia vías catárticas, me propuse darle lugar al instinto y obedecer a las leyes de lo absurdo y fue así como decidí involucrar a mi mamá en un proyecto de foto performance, tomándola a ella como quien gestó en mí la idea de lo doméstico a través de sus acertadas maneras de domesticar a sus hijos. Inspirado en relatos de objetos de tortura y autocastigo de la edad media, desarrollé una serie de dispositivos basados en utensilios domésticos virados hacia una estética de instrumentos de placer y castigo. Invité entonces a mi amigo fotógrafo Benjamin Fredrickson a que viajara a Colombia y pasara una semana con mi mamá documentando las interacciones que se desarrollaran entre ella y mis dispositivos. El contexto navegaba entre el juego psicológico y los intersticios entre quién es/ qué es el cuerpo y quién objeto.
Las indicaciones fueron simples: Respetar lo espontáneo / dejar fluir el diálogo con el objeto / ser mi avatar (Benjamín), ser objeto fotográfico (mi mamá) / restringirse a la relación de tres partes propuesta: cuerpo, fotógrafo y objeto / no consultarme o buscar traducción durante los días de colaboración, mi mamá no habla Ingles, ni Benjamín español / por último solo fotografiar en Polaroid, quería jugar un poco con la idea de lo único, como ridículamente pienso se habla de la madre.
Los resultados de esta semana de experimentación performativa fueron poderosos entre una mujer adulta, tradicional, manipuladora y estricta, un fotógrafo con una reconocida trayectoria en la fotografía homo erótica y sexualmente explicita y mi propio interés en los objetos, en los que he encontrado un lenguaje que devela lugares ocultos del dese
