Al abandonar la escuela de arte en 1982, Avellaneda deja temporalmente el óleo y el pincel para trabajar con carbón, óleo o tiza pastel, fotocopias o estampas, a fin de producir más rápido y evitar tiempos de secado que le facilitan trazos en una celeridad que le permite avanzar en series casi simultáneas. A sus propuestas más imaginativas o ficcionadas, con títulos de referencias poético-literarias escolares (ver p.e.: “Para un niño apenas difunto”, en esta exposición), en estas otras irrumpen en su discurso la grosería y vulgaridad en imágenes y textos. Provisto de enunciados y sexualidades gráficas más explícitos, aborda su profunda decepción de Lima desde su nuevo asilo distante, junto a los demás miembros del grupo, en el extremo oriente donde la ciudad terminaba entonces.
En contraste, surge aquí su insatisfacción (o insaciedad). Pero tampoco hay en estas piezas una huída hacia el idilio: las imágenes vienen invadidas de una confrontación con problemas político-sociales, la hipocresía, las creencias católicas miradas con intención sacrílega a posta; la tortura, represión y persecución (como señala Daniel Bernedo). Inducido a una disciplina de producción intensa, que otros actores de la escena imaginaban degenerada, Avellaneda mira todo lo que le repugna desde un espacio que ama, deyectando una libre y eufórica agresividad de la que tiene el placer de desprenderse, desenfrenadamente, vía estas propuestas.
Al abandonar la escuela de arte en 1982, Avellaneda deja temporalmente el óleo y el pincel para trabajar con carbón, óleo o tiza pastel, fotocopias o estampas, a fin de producir más rápido y evitar tiempos de secado que le facilitan trazos en una celeridad que le permite avanzar en series casi simultáneas. A sus propuestas más imaginativas o ficcionadas, con títulos de referencias poético-literarias escolares (ver p.e.: “Para un niño apenas difunto”, en esta exposición), en estas otras irrumpen en su discurso la grosería y vulgaridad en imágenes y textos. Provisto de enunciados y sexualidades gráficas más explícitos, aborda su profunda decepción de Lima desde su nuevo asilo distante, junto a los demás miembros del grupo, en el extremo oriente donde la ciudad terminaba entonces.
En contraste, surge aquí su insatisfacción (o insaciedad). Pero tampoco hay en estas piezas una huída hacia el idilio: las imágenes vienen invadidas de una confrontación con problemas político-sociales, la hipocresía, las creencias católicas miradas con intención sacrílega a posta; la tortura, represión y persecución (como señala Daniel Bernedo). Inducido a una disciplina de producción intensa, que otros actores de la escena imaginaban degenerada, Avellaneda mira todo lo que le repugna desde un espacio que ama, deyectando una libre y eufórica agresividad de la que tiene el placer de desprenderse, desenfrenadamente, vía estas propuestas.