Una máscara hecha a partir de una fotografía del artista en 1969, preparado a recibir la Primera Comunión (y utilizada en acciones y piezas suyas realizadas dentro del Grupo Chaclacayo en 1982 y 1983; ver p.e.: “Carita punteada”, en esta exposición) es re-utilizada en esta obra de 2025, en la que se representa a sí mismo como una psicología dispuesta, como estaba entonces sin haberlo decidido, a ser instruida por su familia para servir a una versión doméstica del fascismo encarnado en muchas clases privilegiadas. Con un casco de guerra en la cabeza y teniendo detrás un enorme corazón, dispone sus piernas abiertas fusionadas a sus brazos con las manos en alto, clavadas cual crucifixión; mientras en su torso una columna se observa como herida o cicatriz. A su nariz se conectan dos tubos de transfusión desde lo que él identifica como una mortaja: respirando de la muerte para sostenerse en vida.
La penetración violenta llega desde una compilación de miradas de fascistas, represores o genocidas; donde los ojos de Adolf Hitler (a modo de signo-emblema ideológico) alternan con los de otros que Avellaneda señala como criminales en acto o potencia, con gran poder político hoy en la escena global de extremismos en auge. Trump, Putin, Netanyahu, Erdoğan; Orbán, Jong-Un, Meloni y Nawrocki, al frente de sus naciones; el auge de una nueva y extrema derecha europea intentando el gobierno con Le Pen en Francia, Akesson en Suecia, Wiedel en Alemania, Wilders en los Países Bajos o Junnila en Finlandia; y hasta algunos entre los recientes y cuestionados totalitaristas latinoamericanos, como Bukele en El Salvador, Milei en Argentina y Boluarte en Perú.
