Esta acción en la primera performance realizada por el artista en el contexto de producción del Grupo Chaclacayo. Se lleva a cabo entre pabellones nuevos y todavía vacíos (sin muertos dentro) del Cementerio de Santa Eulalia de Chosica, ubicado al este de la ciudad de Lima y es de las pocas acciones del grupo que se lleva a un espacio abierto de la ciudad, aún si desolado. Irrumpe aquí el tema del erotismo y la muerte, como un ritual funerario y de seducción: tiene entre sus ejes una personificación que el artista encarna, como doliente, espectro y cadáver, ni masculino ni femenino. Distintos atuendos (velos, medias, guantes, máscaras) le cubren dejando por momentos traslucir partes de su cuerpo o rostro cuya piel han sido pintada de círculos (a modo de puntos), que en su obra gráfica había convertido en manifestación de malestar. La erupción cutánea o alérgica alude, en modo simbólico, la condición de estar en un lugar intermedio entre la salud y la enfermedad, entre vida y muerte. Se trata de los primeros años de la crisis del Sida en distintos países del mundo, pero, teniendo en mente también un brote de varicela ocurrido en su infancia, el artista asume estas reacciones en la piel como algo que podría también estar vinculado a una epidemia devocional.
Sobre uno de esos nichos vacíos, serán posteriormente enterrados de modo clandestino algunas personas que fueron víctimas de la masacre de presos políticos en cárceles ocurrida en 1986 y conocida como “Matanza de los penales” (masacre ilegal de reclusos en respuesta del Estado a un motín). El artista es avisado de esto por un trabajador y amigo que vivía en el Cementerio (llamado “Freytas X”), y asiste acompañando a las personas que despiden a algunos de ellos frente a sus sepulturas, que han sido pintadas en rojo con el símbolo de la hoz y el martillo del movimiento comunista (erróneamente vinculada en Perú directamente con la subversión).
