Leonel Castañeda Galeano

Sin título , 2018

Ensamblaje. Soporte, terciopelo y video

Medidas variables

Precio: 9.000.000 COP

Precio con IVA incluido del 19%

Retomando las múltiples imágenes de la tapada limeña, mujeres cubiertas por mantillas que dejaban apenas un ojo al descubierto, Leonel Castañeda Galeano nos confronta con una pregunta: ¿quién mira cuando apenas podemos ver el rostro? Durante el periodo colonial, esta forma de vestir, de origen musulmán e incorporada a la
cultura española, llegó a América y adquirió en Lima características propias. Su uso, documentado desde el periodo virreinal, alcanzó particular fuerza entre los siglos XVII y XVIII y se mantuvo durante buena parte del XIX, hasta convertirse en una de las imágenes
más características de la ciudad.

La mantilla envolvía la cabeza, los hombros y buena parte del rostro, mientras una amplia falda cubría el cuerpo y transformaba su silueta. La mujer estaba presente, pero su
identidad permanecía velada. Antonio de León Pinelo, jurista y escritor español del siglo XVII, dedicó un tratado a los velos y a la llamada Real Premática de las Tapadas. En 1641, al recoger las críticas de quienes buscaban prohibirlos, escribía: “Ha venido a tal estremo el uso de andar tapadas las mujeres que dello han
resultado grandes ofensas de Dios y notable daño de la República, a causa de que en aquella forma no conoce el padre a la hija ni el marido a la mujer ni el hermano
a la hermana, y tienen la libertad y tiempo y lugar a su voluntad [...]”.

El temor que expresa este pasaje no se dirige únicamente a una prenda. Lo que inquieta es la posibilidad de que una mujer salga, se desplace y mire sin que su identidad pueda ser inmediatamente establecida. El tapado alteraba las formas habituales de reconocimiento y, con ellas, las relaciones entre quienes miraban y quienes eran mirados.
Pero el vestido también tenía una relación ambigua con la moral y el deseo. Mientras el velo podía asociarse con la mujer virtuosa, la santa o aquella que acudía a misa con la
cabeza cubierta, el tapado podía relacionarse con la prostitución. La misma acción de cubrirse producía significados opuestos: el velo protegía la virtud; el tapado podía alimentar el misterio, la sospecha y el deseo. No se trataba, sin embargo, de una diferencia absoluta. Ambos compartían una misma operación: cubrir el cuerpo para
hacerlo aparecer de otra manera.

La tela no hacía desaparecer el cuerpo, sino que lo transformaba. Los pliegues de la mantilla, la caída de la falda y, sobre todo, ese único ojo visible convertían a la tapada en una figura intensamente presente. Una visión de lo femenino que ocultaba para hacerse más visible. El hombre podía mirar sin necesariamente reconocer; la mujer podía observar sin revelar completamente quién era.

La mirada dejaba así de pertenecer exclusivamente
al hombre. La fuerza de la tapada estaba en sus pliegues. La tela se recogía, se superponía y envolvía el cuerpo, ocultando una superficie tras otra. Cada pliegue escondía algo y, al mismo tiempo, lo sugería. Cuanto menos podía verse, más podía imaginarse. El ocultamiento podía incluso poner en cuestión la diferencia entre lo femenino y lo masculino. El propio León Pinelo menciona a “los hombres vestidos como mujeres y tapados, sin poder ser
conocidos”, a quienes se atribuían “grandes maldades y sacrilegios”. La frase deja ver que el tapado no solo ocultaba el rostro: también podía alterarla apariencia del cuerpo y hacer posible que quien lo llevaba no fuera reconocido como hombre o mujer.

Aunque su uso fue cuestionado y perseguido mediante disposiciones y críticas, las mujeres limeñas continuaron llevando el tapado casi por tres siglos. Su persistencia revela que no era solamente una moda, sino una manera de habitar la ciudad, de ocultarse y también de
mirar.

Entre el velo de la santa y el tapado de la mujer asociada al deseo, entre lo femenino y lo masculino, entre quien mira y quien es mirado, Leonel Castañeda Galeano nos devuelve a
ese ojo que permanece abierto entre los pliegues. Un ojo que nos mira y cuya identidad, como la de la propia tapada, permanece oculta.

Sigrid Castañeda

Referencias: Antonio de León Pinelo. Velos antiguos y modernos en los rostros de las mujeres: sus
conveniencias y daños. Ilustración de la Real Premática de las Tapadas. Madrid: Juan Sánchez, 1641, cap.
XXI, pp. 344–345. Edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, Lemir, 13 (2009), pp. 235–388.
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Retomando las múltiples imágenes de la tapada limeña, mujeres cubiertas por mantillas que dejaban apenas un ojo al descubierto, Leonel Castañeda Galeano nos confronta con una pregunta: ¿quién mira cuando apenas podemos ver el rostro? Durante el periodo colonial, esta forma de vestir, de origen musulmán e incorporada a la
cultura española, llegó a América y adquirió en Lima características propias. Su uso, documentado desde el periodo virreinal, alcanzó particular fuerza entre los siglos XVII y XVIII y se mantuvo durante buena parte del XIX, hasta convertirse en una de las imágenes
más características de la ciudad.

La mantilla envolvía la cabeza, los hombros y buena parte del rostro, mientras una amplia falda cubría el cuerpo y transformaba su silueta. La mujer estaba presente, pero su
identidad permanecía velada. Antonio de León Pinelo, jurista y escritor español del siglo XVII, dedicó un tratado a los velos y a la llamada Real Premática de las Tapadas. En 1641, al recoger las críticas de quienes buscaban prohibirlos, escribía: “Ha venido a tal estremo el uso de andar tapadas las mujeres que dello han
resultado grandes ofensas de Dios y notable daño de la República, a causa de que en aquella forma no conoce el padre a la hija ni el marido a la mujer ni el hermano
a la hermana, y tienen la libertad y tiempo y lugar a su voluntad [...]”.

El temor que expresa este pasaje no se dirige únicamente a una prenda. Lo que inquieta es la posibilidad de que una mujer salga, se desplace y mire sin que su identidad pueda ser inmediatamente establecida. El tapado alteraba las formas habituales de reconocimiento y, con ellas, las relaciones entre quienes miraban y quienes eran mirados.
Pero el vestido también tenía una relación ambigua con la moral y el deseo. Mientras el velo podía asociarse con la mujer virtuosa, la santa o aquella que acudía a misa con la
cabeza cubierta, el tapado podía relacionarse con la prostitución. La misma acción de cubrirse producía significados opuestos: el velo protegía la virtud; el tapado podía alimentar el misterio, la sospecha y el deseo. No se trataba, sin embargo, de una diferencia absoluta. Ambos compartían una misma operación: cubrir el cuerpo para
hacerlo aparecer de otra manera.

La tela no hacía desaparecer el cuerpo, sino que lo transformaba. Los pliegues de la mantilla, la caída de la falda y, sobre todo, ese único ojo visible convertían a la tapada en una figura intensamente presente. Una visión de lo femenino que ocultaba para hacerse más visible. El hombre podía mirar sin necesariamente reconocer; la mujer podía observar sin revelar completamente quién era.

La mirada dejaba así de pertenecer exclusivamente
al hombre. La fuerza de la tapada estaba en sus pliegues. La tela se recogía, se superponía y envolvía el cuerpo, ocultando una superficie tras otra. Cada pliegue escondía algo y, al mismo tiempo, lo sugería. Cuanto menos podía verse, más podía imaginarse. El ocultamiento podía incluso poner en cuestión la diferencia entre lo femenino y lo masculino. El propio León Pinelo menciona a “los hombres vestidos como mujeres y tapados, sin poder ser
conocidos”, a quienes se atribuían “grandes maldades y sacrilegios”. La frase deja ver que el tapado no solo ocultaba el rostro: también podía alterarla apariencia del cuerpo y hacer posible que quien lo llevaba no fuera reconocido como hombre o mujer.

Aunque su uso fue cuestionado y perseguido mediante disposiciones y críticas, las mujeres limeñas continuaron llevando el tapado casi por tres siglos. Su persistencia revela que no era solamente una moda, sino una manera de habitar la ciudad, de ocultarse y también de
mirar.

Entre el velo de la santa y el tapado de la mujer asociada al deseo, entre lo femenino y lo masculino, entre quien mira y quien es mirado, Leonel Castañeda Galeano nos devuelve a
ese ojo que permanece abierto entre los pliegues. Un ojo que nos mira y cuya identidad, como la de la propia tapada, permanece oculta.

Sigrid Castañeda

Referencias: Antonio de León Pinelo. Velos antiguos y modernos en los rostros de las mujeres: sus
conveniencias y daños. Ilustración de la Real Premática de las Tapadas. Madrid: Juan Sánchez, 1641, cap.
XXI, pp. 344–345. Edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, Lemir, 13 (2009), pp. 235–388.
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