Luego de generar un acercamiento a los procesos de elaboración artesanal con los que el colectivo ASOMIPIVA, de Villa Conto, Chocó, desarrolla sus productos, comenzamos a generar conexiones a través de diálogos y conversaciones en los que surgieron relaciones vinculadas con el río, el entorno y el cuidado del medio ambiente. En dichas conversaciones se establecieron nexos entre las artesanas y el artista en los que el río se convirtió en un denominador común para generar los primeros estímulos creativos.
Después de indagar en la técnica artesanal cómo serían las representaciones que se podrían hacer del río y de los utensilios mineros, planteamos la necesidad de llevar a cabo un gesto reparador y simbólico sobre el mismo río que, a la altura de su pueblo, se presenta totalmente agujereado y casi deshecho por la actividad minera.
El río ha perdido sus bordes, el cauce está totalmente disuelto a causa de la incesante perforación que drena el agua para ser explotada por las dragas. Las plantas y árboles que antes crecían a su lado se esfumaron con las retroexcavadoras que abrieron paso, deforestando la ladera, a esas maquinarias absurdas y desmedidas. Para reparar de alguna forma esta ausencia de las ramas y de sus frutos, se crean en conjunto unos acariciadores de río que permiten, por un momento, tocar la piel de ese río; una piel que, al igual que muchas otras pieles humanas, ha dejado de sentir el tacto de otros seres.
Luego de generar un acercamiento a los procesos de elaboración artesanal con los que el colectivo ASOMIPIVA, de Villa Conto, Chocó, desarrolla sus productos, comenzamos a generar conexiones a través de diálogos y conversaciones en los que surgieron relaciones vinculadas con el río, el entorno y el cuidado del medio ambiente. En dichas conversaciones se establecieron nexos entre las artesanas y el artista en los que el río se convirtió en un denominador común para generar los primeros estímulos creativos.
Después de indagar en la técnica artesanal cómo serían las representaciones que se podrían hacer del río y de los utensilios mineros, planteamos la necesidad de llevar a cabo un gesto reparador y simbólico sobre el mismo río que, a la altura de su pueblo, se presenta totalmente agujereado y casi deshecho por la actividad minera.
El río ha perdido sus bordes, el cauce está totalmente disuelto a causa de la incesante perforación que drena el agua para ser explotada por las dragas. Las plantas y árboles que antes crecían a su lado se esfumaron con las retroexcavadoras que abrieron paso, deforestando la ladera, a esas maquinarias absurdas y desmedidas. Para reparar de alguna forma esta ausencia de las ramas y de sus frutos, se crean en conjunto unos acariciadores de río que permiten, por un momento, tocar la piel de ese río; una piel que, al igual que muchas otras pieles humanas, ha dejado de sentir el tacto de otros seres.