Después de varios recorridos y sobrevuelos en el Río Quito, la sensación que queda es de una profunda desolación. La muerte en forma de grandes dragas, tan grandes que las llaman dragones, se despliega no silenciosamente como nos la han contado en cuentos, sino estrepitosamente, como un monstruo de mil cabezas y largos brazos de imparables excavadoras perforantes.
Ante este manto de la parca, no queda más que cantarle un alabao a ese río que a pesar de su exterminio, mantiene latente su belleza.
Después de varios recorridos y sobrevuelos en el Río Quito, la sensación que queda es de una profunda desolación. La muerte en forma de grandes dragas, tan grandes que las llaman dragones, se despliega no silenciosamente como nos la han contado en cuentos, sino estrepitosamente, como un monstruo de mil cabezas y largos brazos de imparables excavadoras perforantes.
Ante este manto de la parca, no queda más que cantarle un alabao a ese río que a pesar de su exterminio, mantiene latente su belleza.