En 2014 Colombia experimentó un furor colectivo que podría entenderse como un fenómeno histórico: los diálogos con las FARC y las elecciones presidenciales asumieron el protagonismo dentro de los debates ideológicos y la opinión pública, pues tanto para sus defensores como sus detractores este fue el eje central de los programas políticos que se proponían, junto con los cambios y las continuidades que se estaban defendiendo. No obstante, en medio de la algarabía y la polarización, un evento captó más la atención del público. El mundial de fútbol de Brasil, que coincidió con la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, vació las calles de la capital colombiana como ningún episodio o festividad. En cierto sentido, el mundial reunió la ansiedad colectiva en un sólo certamen que se prolongó por un més: a las promesas redentoras de paz y la ansiedad por un futuro incierto se sumó la larga ausencia de Colombia en las canchas de la fiesta más grande del fútbol, lo cual generó una expectativa generalizada por el desenlace de lo que sería presentado por los medios como una especie de epopeya nacional. Para algunos la fiesta se componía del triunfo del gobierno y de la euforia que produce la selección Colombia, mientras que para otros en las canchas se descargaba la frustración de la impotencia política. Para ambos, en todo caso, el mundial fue un desahogo, un motivo de orgullo y amor patrio.
El fútbol, hablando para el caso de este país, tiene un carácter casi providencial: no es gratuito que se haya hecho tanto énfasis en los medios sobre cómo la selección estaba “haciendo historia”, o “reescribiéndola”, al tiempo que se invocaba el heroísmo de sus jugadores, cómo representaban todas las virtudes de la colombianidad y cómo renovaban la imagen del país en el exterior. La relación con la historia resulta evidente: el fútbol no sólo pone en evidencia las connotaciones de este término, sino que conjuga el campo de expectativas con un evento que, además de su envergadura a escala planetaria, es efímero y, bajo muchos puntos de vista, irrelevante. Más que una manifestación de la afición de los ciudadanos por el fútbol – de por sí enorme-, el mundial se configuró como una representación de la ansiedad por demostrar algo, por entenderse a sí mismo de otra forma y por el afán de proyectar una imagen distinta. Entender el fútbol como un crisol que aúna a los colombianos, que constituyen un conjunto de individuos que en la diversidad suele generar conflicto, violencia y exclusión, es en cierto sentido una valoración política: lo que un día puede ser un deporte que desemboca en tragedia otro día será causal de celebración colectiva. Es como si detrás de la camiseta del hincha se escondieran todos los complejos de inferioridad que carga, aunque durante el mundial sólo hubo un equipo al cual apoyar, un equipo propiamente ecuménico: abundan los casos de muertes sin sentido entre los hinchas de los distintos equipos de la liga colombiana, ligados por lo general a una relación particular con el consumo desaforado de alcohol, con la falta de identidad y con las dinámicas propias del pandillerismo y la exclusión social. Pero aunque el hincha local esté dispuesto a hacerse agredir por un empate cualquiera, durante este mes sólo hubo un equipo, aunque el país estuviera dividido políticamente. No obstante, conviene recordar que, en consonancia con las tradicionales contradicciones presentes en cualquier aspecto de este país, incluso durante estas fechas se prohibió el consumo de alcohol en Bogotá a causa del comportamiento de un grupo de hinchas de un equipo local y, aún así, hubo muertos en las calles por riñas y accidentes de todo tipo.
No deja de sorprender el poder hipnótico que tiene el fútbol en Colombia. Es capaz de generar homicidios, de hacer llorar desconsoladamente, de convocar a los ciudadanos a las calles para celebrar, de esbozarle en el rostro una sonrisa genuina a los presentadores de los noticieros, de dejar los planes de gobierno de los próximos cuatro años relevados a un segundo plano, y, ante todo, de convertir una ciudad de ocho millones de habitantes en un pueblo fantasma durante los cuarenta y cinco minutos de cada tiempo.
