IMAGINAR UN TEXTO. POR BEA ESPEJO
Imagina un tipo de escritura tan difícil de definir que su propio nombre conllevara un esfuerzo, una conjetura o un riesgo, probablemente seguido de un fracaso. Imagina lo que podría rescatar del desastre y lo que podría conseguir en cuanto a forma, estilo, textura y pensamiento, por no mencionar el sentimiento. Imagina un libro múltiple, de fractura infinita, lleno de fuerzas opuestas, que se pregunta por el sentido de escribir y por el registro vivo del tiempo. El libro es de color azul, tamaño cuartilla y entelado a mano, y en la portada lleva escrita la palabra “Amanecer”, algo tan imposible de atrapar como la forma sobre arenas movedizas. Lo empezó a escribir Puri en 1979, unos años antes de que naciera su hija Julia, con la que se llevaba treinta años y compartía la mirada por el arte. El libro es un diario lleno de saltos temporales y muchas notas, intuiciones y pensamientos que funcionan como pequeños ensayos inconclusos. Algo así como un diálogo consigo misma leal a lo fugaz, lo disperso y lo efímero en el que pone a prueba todas las versiones potenciales de la artista a la que siempre aspiró a ser, incluso su lugar en la escritura. Aunque está numerado hasta la página 300, el texto se detiene en la 180. Era 1994 y Julia tenía nueve años cuando las dolencias pusieron fin a la escritura, veintidós cuando su madre falleció en 2007.
El diario de la madre de Julia Llerena, guardado en la casa familiar desde aquel golpe de duelo, ahora reposa sobre la mesa de su estudio y da nombre a la exposición “Página 180”. El punto de partida no es nuevo: la artista sigue recopilando materiales de su entorno cotidiano, restos y rastros a pie de tierra, esta vez la suya, Sevilla, para seguir construyendo su habitual archivo afectivo que, como Puri en sus páginas, habla de lo roto y de lo frágil, del vacío en medio de las cosas. Entre líneas: de la falsa apariencia habitable cuando estamos en estado de espera. El cuaderno no es solo un libro; es también un mosaico, el equivalente a un laberinto de hilos sueltos. Lejos de verlo como un objeto de nostalgia con el que entretenerse con el pasado, para la artista tiene que ver con el futuro, con cierta sensación de dispersión y coalescencia. La exposición tampoco es solo una muestra; es diálogo coral consigo misma como artista y como madre, pero también como hija, que de algún modo repara y reescribe las páginas que no pudo hacer la suya ni como madre ni como artista. Asimismo, también es un reencuentro con la pintura, el registro “madre” con el que se especializó en la universidad, pero al que tampoco había vuelto desde hacía tiempo.
Las últimas pinturas de Julia Llerena están llenas de tensión y ponen en evidencia la dimensión física del acto de escribir, la fuerza corporal que exige la pintura y el aprendizaje de supervivencia que implica cualquier acto de crianza. Cada lienzo, pintado en una sola sesión, como quien se pone frente a una página en blanco, es una búsqueda delicada pero intrépida de las metáforas más productivas o provocativas para la pintura: un gesto íntimo pero descarnado, directo, aunque lleno de desvíos. Pienso que eso mismo es escribir, que una explicación del mundo que no consigue extraer de él todo su potencial figurativo queda algo incompleta. Es la escritura que aparece mientras se escribe o, en el caso de la artista, la pintura que aparece mientras pinta. Eso es: la imagen como estructura de pensamiento visual, o lo que es lo mismo, la imagen como código abierto, como acumulación y reorganización. No es nuevo ese movimiento oscilante en la obra de Julia Llerena, ese movimiento de ir y venir, de lejanía y cercanía, que aglutina muchas de sus obras. Un binomio que aquí oscila entre la creación y la crianza, entre la maternidad y la pintura, donde tan a menudo se pierde la facultad del habla. De ello hablan bien las autoras recogidas por Moyra Davey en “Maternidad y creación”, otro libro que forma parte de la biblioteca de este proyecto.
En esa ida y vuelta, hay mucho de encuentros y desintegraciones en cada uno de los cuadros. Un duelo entre la imagen y el lenguaje, entre el conflicto de ser mujer y madre, entre sostener y ser sostenida, entre no saber qué decir y decirlo todo. Un tú a tú con la materia en su versión más clásica, el óleo sobre la tela, un proceso de creación autobiográfica que celebra la vulnerabilidad de cada gesto a la vez que revive algunas heridas todavía abiertas. La pintura como liberación y el pensamiento crítico como apertura radical. Un diario emocional que empezó hace tiempo, cuando Vigo, el segundo de sus hijos, tenía apenas un año y la artista pintaba gasas en el baño con las manos, agua y acrílicos, y las ponía a secar en la ducha para luego coserles pequeños objetos huérfanos —como ella— como cadenas, espejos y botones. A ratos estaban guardadas en cajas y a ratos amontonadas en el salón, vehiculando los primeros pasos del pequeño. Mucha información velada ahí, en esas transparencias que ocultan más que revelan.
Las pinturas de “Página 180” funcionan de manera parecida, como memorias de un primer gesto que la brocha o el bordado activa o interrumpe, algo coherente con su idea de que el tiempo nunca circula en línea recta sino en capas que se superponen. Un ejercicio de escritura pictórica que es delicado e inspirado, contenido como un retrato en miniatura, como la imagen de la persona querida en un reliquiario. Pinturas que devienen firmes y límpidas, que desarrollan un caparazón brillante que lo protege del mundo exterior, real o textual.
La obra que cierra este diario emocional, este capítulo inconcluso sobre el vacío como lugar fértil, es “Ombligo, cuenco y agua”, que hace un recorrido geográfico, táctico y sensorial aprovechando las similitudes entre piel y barro. El cordón umbilical es invocado desde el suelo y la cerámica desde un rastreo de pistas que deja que del amontonamiento surjan el sentido y el recuerdo. La misma lógica de acumulación intertextual habita en “Amanecer” y el mismo propósito inconmensurable: cómo dar una apariencia habitable a algo que no lo es.
“Página 180” es un proyecto desarrollado en 2026 en el Centro de Residencias Artísticas de Matadero Madrid